LA VENTANA: DE CÓMO TRATARNOS MEJOR Y DE CÓMO TRATAR MEJOR.

Existe un concepto en psicología que se llama la ventana de tolerancia emocional. Es ese espacio en el que ni estamos saturados de emociones ni estamos desconectados de ellas. Vamos, para entenderlo, es cuando llevas puestas las gafas mentales sin dedazos, puntos ciegos ni vaso de tubo. Es el terreno fértil para poder pensar con claridad, conectar con lo que nos sucede y ser curioso respecto a los demás y nosotros mismos.

En algunas ocasiones somos capaces de funcionar de forma reflexiva. Pensamos con más claridad, somos más hábiles para vernos y escucharnos, estamos más abiertos para ver a la otra persona como alguien diferente y a la vez predecible. Sobre todo, nos movemos con la capacidad de tolerar distintas hipótesis que se preguntan y comprueban.

Cada persona tiene una franja reflexiva más o menos estrecha. La amplitud de esa ventana depende de tu forma de ser, de tus experiencias personales (especialmente si son traumáticas y/o precoces), tus aptitudes, tu contexto puntual, la persona que tienes delante o tus necesidades.

El límite inferior es para aquellas situaciones en las que piensas sin conectar con lo que sientes, “como si” estuvieses conectado, en modo automático. Sin embargo, las emociones que guardas bajo la alfombra, con las que no conectas, acaban saliendo a flote malamente (se ponen en el cuerpo, explotan repentinamente, socavan tu ánimo…).

El límite superior es para aquellas situaciones en las que existe tanto ruido por lo que sientes que piensas poco o mal (obcecación, raciocinio nublado). Suele suceder que cuando reflexionas a toro pasado te arrepientes de tus actos/palabras o la gente te transmite que te transformas.

Seguro que puedes recordarte en situaciones en las que, enfadado/a, has dicho cosas desmesuradas o situaciones en las que, por una sobrecarga o tedio, funcionas “como si” estuvieses enterándote, conectando. A mí se me ocurre, para el límite superior, lo que me calientan los atascos y, para el inferior, alguna clase en la universidad soporífera o alguna situación de crisis en la que he tenido que apechugar y ser resolutiva.

Establecer relaciones de seguridad y confianza, basadas en el diálogo, la curiosidad recíproca y la aceptación, fomentan una ventana más amplia/ampliable o, al menos, la capacidad de retornar a la zona de reflexión con más facilidad. De esta manera, la ventana tiene que ver con quiénes somos pero también con quién y cómo nos relacionamos. Tiene un componente recíproco que puede evolucionar a sinergia o a catástrofe.

La cosa es que esta ventana se puede ampliar. Es algo que se entrena, que nos permite cuidarnos mejor y que enriquece nuestras relaciones. Hay varios caminos para desarrollar esta habilidad.

  • La psicoterapia. Hay muchos modelos fiables y en todos ellos se tiene en cuenta la relación cuerpo-mente-emoción. En general, hablar sobre ti mismo, reflexionar sobre tu pasado, digerir situaciones enquistadas, dialogar con tu terapeuta sobre otros puntos de vista, expresar emociones o que te ayuden a hacerlo, repasar conflictos “en frío” y aprender de nuestros errores, llevarse objetivos para casa… Todo eso amplía nuestra ventana.

 

  • La meditación, en concreto el mindfulness. Se podría resumir como una especie de gimnasia mental en la que uno se entrena para observar cómo pasan las cosas en lugar de dejar simplemente que las cosas te pasen. Y es que, aunque suene extraño, nuestras emociones primero se sienten en el cuerpo pero estamos desentrenados para percibirlo. Resulta que esto ayuda a ser capaz de parar, observar (a uno mismo y alrededor), reflexionar y después actuar (PROA). Sus herramientas más comunes son la respiración consciente, el acto de volver a conectar con ella pese a las “distracciones” (pensamientos, emociones, estímulos, el “radar” chequeando…) y, sobre todo, no juzgar(se). Nuestros pensamientos son, al fin y al cabo, un fenómeno más que pasa en nuestra mente.

 

  • Escribir un diario y releerse. O un blog. O cartas. Lo que sea pero que sirva para no dejarse llevar por el rio de la vida sin pararse a observar lo que nos rodea, lo recorrido y lo que nos ha marcado. Con otra mirada, laque da el tiempo.

 

  • Las relaciones de confianza y seguridad. Amigos, pareja, familia, uno mismo… Un terreno tan fértil como frágil. Y es que hay que reconocer que muchas veces hay personas que nos ayudar a crear ese espacio de seguridad o que despiertan en nosotros esa capacidad innata de vivir en comunidad. Lo ideal es poder forjar una relación de complicidad con alguien. Y que esa persona fluya con nosotros dentro de la ventana. Aunque se rocen los límites superior o inferior. Pero dentro la mayor parte del tiempo. El diálogo, la capacidad de retroceder, la curiosidad, el interés por ver al otro de forma global, la cautela, la compasión, la autenticidad, la aceptación y la sensación de seguridad son necesarios. Para mí, son lo esencial.

 

Isabel Mirapeix Bedia

Psiquiatra y psicoterapeuta

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