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Silvana Salgado - Fisioterapeuta en Moratalaz

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Fisioterapia

La postura correcta

La postura correcta no existe

Una mirada clínica a la forma en que el cuerpo se organiza

Durante mucho tiempo se habló de la postura como si existiera una versión ideal del ser humano.

Se midieron ejes, se trazaron líneas, se compararon curvas y se intentó ordenar la anatomía con la precisión de un plano. Bajo esa mirada, parecía que bastaba con colocar cada segmento en su sitio para que el dolor desapareciera y la salud se mantuviera en equilibrio.

La práctica clínica, sin embargo, nos pone delante una realidad bastante más compleja y también bastante más honesta.

Hay personas con una alineación impecable que viven con molestias persistentes. Otras, en cambio, presentan curvas, asimetrías o apoyos poco ortodoxos y se mueven con una libertad envidiable. Esa realidad obliga a detenerse y mirar con más profundidad. La postura deja entonces de parecer una fotografía fija y empieza a entenderse como una forma de organización viva, una respuesta personal ante la gravedad, la historia, la carga, el movimiento y la emoción.

https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/31451200/

Me interesa pensarla así porque, cuando aprendemos a leerla de verdad, deja de vivirse como un defecto que corregir y empieza a mostrarse como un lenguaje que merece nuestra atención.

Thich Nhat Hanh escribió: “Estar en el cuerpo es estar en la vida”. Y quizá una parte importante de nuestro trabajo consista precisamente en eso: ayudar a que una persona pueda volver a habitarse con más amplitud, con menos esfuerzo y con menos lucha interna.

La alineación como punto de partida

Uno de los modelos que más influyó en la forma de entender la postura fue el de Florence Kendall. Su propuesta aportó una referencia clara: observar cómo se distribuyen los segmentos corporales en relación con una línea teórica de equilibrio. Aquella mirada tuvo mucho valor porque enseñó a observar con rigor. Nos dio una gramática para nombrar desplazamientos, apoyos, curvas excesivas, adaptaciones y compensaciones.

Hoy sigue siendo útil. A diario, mirar una pelvis, un apoyo plantar, la posición de la cabeza o la organización de la parrilla costal ofrece información muy valiosa. El problema aparece cuando esa referencia se convierte en un juicio y deja de ser una herramienta de lectura.

La persona que tengo delante no es un esquema. Respira, compensa, protege, cede, contiene, empuja, se organiza según lo vivido y según lo que puede asumir en ese momento. Por eso la alineación me interesa, pero no como sentencia. Me orienta. Me muestra hacia dónde se desplaza la carga, dónde hay un exceso de esfuerzo, qué zonas trabajan de más y cuáles parecen haber renunciado a participar con calidad.

En consulta, la pregunta importante rara vez es si alguien está perfectamente alineado. Me importa mucho más comprender cómo se organiza, cuánto gasto le supone hacerlo y qué precio está pagando para mantenerse así.

Los patrones musculares y la inteligencia de la compensación

Con Vladimir Janda apareció un cambio decisivo. La observación dejó de centrarse solo en la disposición de los huesos y empezó a reconocer la enorme influencia de la organización muscular y neuromotora. Su trabajo ayudó a comprender que el organismo se adapta mediante patrones: algunos grupos musculares tienden a activarse en exceso, otros pierden eficacia, otros llegan tarde, otros asumen funciones que no les corresponden del todo.

Esa mirada sigue teniendo una enorme vigencia porque devuelve dignidad clínica a muchas posturas que antes se interpretaban con una simplificación casi moral. Una cabeza adelantada, unos hombros cerrados o una pelvis atrapada en una misma dirección no hablan de desinterés, ni de dejadez, ni de una persona incapaz de “colocarse bien”. Hablan de una forma aprendida de repartir funciones.

Con el tiempo, ciertos tejidos acaban asumiendo demasiado.

Otros se vuelven más silenciosos. Algunas zonas absorben la mayor parte del trabajo y otras dejan de participar con la misma eficacia.

El resultado es una organización que puede parecer estable desde fuera, pero que internamente se mantiene con fatiga, sobreesfuerzo y escasa variabilidad.

Las organizaciones posturales ligadas a años de trabajo, responsabilidad y repetición no se fijan solo por hábito mecánico, sino también por adaptación funcional, y por eso suelen ser más resistentes al cambio.

Cuando trabajo con esto, no busco imponer una corrección voluntarista. Busco devolver participación a lo que se fue apagando, reducir el protagonismo de lo que lleva años compensando y favorecer una distribución más inteligente del gesto. Ahí empiezan a cambiar muchas cosas: la calidad del movimiento, la sensación corporal, la respiración y, a menudo, también el dolor.

La continuidad del tejido: cuando una zona habla de otra

Otra transformación profunda llegó con la biotensegridad y con la difusión de las líneas miofasciales. Gracias a estas aportaciones, empezó a ganar fuerza una idea que, en clínica, se percibe con nitidez: el organismo funciona como una red continua de tensiones, soportes y ajustes finos.

Cuando una región cambia su manera de organizarse, el resto responde. A veces lo hace de forma eficaz; otras, deja una huella que se prolonga durante años.

Esta visión resulta especialmente valiosa porque amplía la escucha. Un tobillo lesionado hace tiempo puede seguir influyendo en la forma de cargar una cadera. Una cicatriz abdominal puede alterar la respiración y la dinámica del tronco. Una antigua contusión costal puede dejar al diafragma trabajando con otra lógica, y esa reorganización acabar expresándose en lugares aparentemente lejanos.

Nada de esto es magia. Tiene que ver con continuidad, adaptación y memoria tisular.

https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/29317079/

Quien trabaja con las manos lo siente con frecuencia: la tensión no aparece siempre aislada en el lugar del síntoma. Se distribuye, se transmite, se negocia entre regiones. El organismo intenta mantener la funcionalidad del conjunto, y para lograrlo reordena cargas, cambia estrategias y diseña apoyos nuevos. Por eso algunas molestias persisten aun cuando la lesión inicial parece ya antigua. La historia queda escrita en la manera de moverse, de respirar y de habitarse.

GDS y la postura como forma de estar en el mundo

Dentro de todas las escuelas que han intentado comprender la postura, el enfoque GDS me parece especialmente fértil porque amplía la mirada sin perder la precisión clínica. Las cadenas musculares y articulares no se entienden aquí como simples trayectorias de tensión. Se entienden como formas de organización donde biomecánica, comportamiento y experiencia se influyen mutuamente.

Eso no significa etiquetar a nadie ni convertir la postura en una caricatura psicológica. Significa reconocer que una organización corporal siempre tiene sentido. Hay trayectorias que recogen, otras que proyectan, otras que contienen, otras que afirman, otras que preparan para la relación y otras que blindan.

https://la-puerta-abierta.es/metodo-de-cadenas-musculares-gds/

La cadena antero-mediana, por ejemplo, suele acompañar formas de recogimiento, necesidad de sostén y cierta tendencia a envolverse hacia dentro. La postero-mediana, en cambio, favorece la verticalidad, la afirmación, la proyección y una manera más decidida de ocupar el espacio. Ninguna de ellas supone un problema en sí misma. Lo que genera coste es la rigidez, la imposibilidad de salir de un mismo registro y la falta de libertad para alternar respuestas según lo que la vida pide. Esa flexibilidad postural, para mí, es una de las claves.

Aquí me resuena mucho la conocida frase de Jung: “Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino”.

En el terreno corporal sucede algo parecido. Muchas organizaciones posturales se viven como si fueran inevitables, casi como si la persona “fuera así”. Pero cuando empezamos a comprender de dónde vienen, qué protegen y qué función cumplieron, aparece una posibilidad nueva: dejar de obedecer ciegamente una estrategia vieja y empezar a construir otra más amplia.

Ese es un momento muy hermoso de la terapia. Porque la postura deja de sentirse como una condena y empieza a convertirse en una puerta de conocimiento.

Lo que ha traído la neurociencia del dolor

La neurociencia moderna ha terminado de ensanchar esta comprensión. Hoy sabemos que dolor y daño no son equivalentes. Sabemos también que el organismo es mucho más resistente de lo que durante años se hizo creer a muchos pacientes. Y sabemos, sobre todo, que una posición concreta rara vez explica por sí sola una experiencia dolorosa persistente.

La relación entre postura y dolor existe, pero es bastante más compleja de lo que antes se pensaba. Importan la carga acumulada, la escasa variabilidad, la sensación de amenaza, la fatiga, la incertidumbre, la calidad del descanso, el contexto y la confianza con la que una persona se mueve.

Cuando alguien pasa muchas horas atrapado en una misma organización, los tejidos pierden frescura, el gesto se empobrece y el sistema se vuelve menos flexible. A partir de ahí, cualquier demanda extra puede sentirse como exceso.

A mí esta mirada me gusta mucho porque libera. Saca a la persona del miedo a estar permanentemente “mal colocada” y le devuelve algo esencial: la posibilidad de moverse con menos vigilancia y con más confianza.

El objetivo cambia hacia recuperar amplitud, alternancia, capacidad de adaptación y seguridad interna.

Cómo trabajo todo esto en consulta

Cuando una persona entra en mi consulta, no intento hacerla encajar dentro de una teoría única. Cada modelo me aporta una lente distinta, y todas juntas enriquecen la lectura.

Observo sus ejes, sus apoyos y sus curvas porque me hablan de cómo se organiza la carga. Escucho la musculatura y la calidad del gesto para entender quién está trabajando demasiado y quién ha quedado relegado. Atiendo a la continuidad fascial porque muchas veces la historia no se encuentra exactamente donde aparece el síntoma. Miro la postura con la sensibilidad de las cadenas porque ahí suele revelarse mucho la manera en la que alguien se protege, se contiene o se afirma. Y acompaño todo eso desde una visión actual del dolor que intenta devolver calma, confianza y capacidad de movimiento.

Mi trabajo no consiste en fabricar cuerpos obedientes. Me interesa mucho más ayudar a que la persona recupere opciones. Que pueda respirar con menos esfuerzo. Que encuentre apoyos más honestos. Que se mueva con más libertad. Que no dependa siempre de la misma estrategia para atravesar cualquier carga física o emocional.

Cuando eso sucede, la postura cambia. A veces se modifica de forma muy visible. Otras veces el cambio es más sutil y, sin embargo, mucho más profundo: hay más espacio, más fluidez, más presencia, más vida dentro del gesto.

Concluyendo: la postura expresa muchas cosas. Habla de cómo hemos aprendido a organizarnos, de lo que hemos necesitado proteger, de las cargas que arrastramos, de los apoyos que faltaron, de la energía disponible, del cansancio, del carácter y de la historia.

Por eso me interesa abordarla con respeto. Cada organización tiene una lógica, cada rigidez cumple una función y cada compensación fue, en algún momento, una forma de ayudar.

Acompañar a alguien en este terreno implica mucho más que alinear segmentos. Implica enseñarle a leerse con menos dureza. Implica devolver movilidad donde había fijación, devolver confianza donde había vigilancia, y restaurar amplitud donde solo parecía haber defensa.

Al final, de eso se trata: de que el organismo vuelva a sentirse habitable; de que el movimiento recupere su naturalidad; de que la postura deje de ser una prisión silenciosa y pueda convertirse en una forma más libre, más respirable y más propia de estar en el mundo.

La mejor postura es aquella desde la que todavía puedes seguir cambiando.

Silvana Salgado

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