Introducción
Te despiertas y tu cuerpo pesa el doble. Un abrazo, el roce de una prenda o subir unos pocos escalones se sienten como correr una maratón cuesta arriba. El descanso nunca alcanza y, además del malestar persistente, tienes que explicar una y otra vez que no es una invención. Cada amanecer es un pacto incierto con tu propio cuerpo: hoy, ¿me dejarás ponerme en pie sin sentir que mis huesos son de cristal?
El dolor no entiende de horarios ni fronteras; puede habitar un hombro, la espalda, las piernas… o apoderarse de todo a la vez. Mientras tanto, libras esa batalla en silencio. Pintas sonrisas para no preocupar, mides las palabras para que no te llamen exagerada y, cuando por fin te atreves a contarlo, la respuesta es un todos tenemos dolores o será estrés. Esa incomprensión invisible y fría, y pesa tanto como la propia enfermedad. Como dijo Haruki Murakami: “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”. Y, sin embargo, cuando el dolor no se cree, el sufrimiento se multiplica.
Qué es la fibromialgia
La fibromialgia es un síndrome de dolor crónico generalizado que se caracteriza por la presencia de dolor musculoesquelético difuso, acompañado con frecuencia de fatiga persistente, alteraciones del sueño y disfunciones cognitivas, como dificultad para concentrarse o problemas de memoria a corto plazo. Su prevalencia se estima entre el 2% y el 4 % de la población mundial, con una marcada predominancia en mujeres adultas (Queiroz, 2013). Este patrón de distribución sugiere la posible implicación de factores hormonales, genéticos y ambientales en su desarrollo. La evidencia científica indica que la fibromialgia está relacionada con una disfunción en el procesamiento central del dolor. El sistema nervioso central amplifica las señales nociceptivas, provocando que estímulos normalmente inocuos —como una leve presión o cambios de temperatura— sean percibidos como dolorosos, un fenómeno conocido como sensibilización central (Clauw, 2014).
Este mecanismo implica alteraciones en neurotransmisores, vías descendentes moduladoras del dolor y áreas cerebrales encargadas de su interpretación. Por ello, la fibromialgia no se explica por lesiones visibles en tejidos, sino por una alteración funcional de la red neurosensorial, lo que dificulta su diagnóstico y contribuye a la incomprensión social de la enfermedad.
El mecanismo del dolor
En la fibromialgia se produce, como comentaba anteriormente, una sensibilización central: las neuronas implicadas en el procesamiento del dolor se vuelven hiperreactivas. Estudios de resonancia magnética funcional han demostrado que, ante estímulos leves, las áreas cerebrales asociadas al dolor se activan de forma desproporcionada (Jensen et al., 2013). A nivel neuroquímico, se han encontrado niveles elevados de sustancia P y glutamato, junto con niveles reducidos de serotonina y norepinefrina, sustancias que modulan la percepción del dolor (Schmidt-Wilcke & Clauw, 2011). Esto genera un círculo pernicioso en el que el dolor se amplifica y se cronifica.
El impacto invisible
No se trata solo de un sufrimiento físico. También hay un impacto emocional y social: aislamiento, incomprensión, pérdida de capacidades laborales y tensión en las relaciones. La falta de validación médica y familiar añade una carga extra.
Recuerdo a una paciente que llegó con los hombros encogidos, como si intentara hacerse invisible. Hablaba con la voz temblorosa y elegía cada palabra con cuidado, como quien teme no ser comprendida. Llevaba años peregrinando de consulta en consulta, acumulando diagnósticos incompletos y miradas de escepticismo. Había escuchado todo tipo de frases: Es psicológico, pon de tu parte, eres floja. Cada comentario había dejado una huella invisible, erosionando su autoestima y sembrando la duda de si, tal vez, todo estaba en su imaginación. Vivía atrapada entre el malestar físico y el dolor de no ser creída. Cuando por fin recibió un diagnóstico claro de fibromialgia, rompió a llorar en silencio. No era por miedo ni por tristeza, era por alivio. Por primera vez alguien la miraba a los ojos y le decía con voz firme: te creo. Ese momento, más que cualquier pastilla o tratamiento, fue el primer paso real hacia su recuperación. Ese te creo no curó sus síntomas, pero sí le devolvió algo igual de valioso: la dignidad y la certeza de que su sufrimiento tenía nombre, causa y sentido.
A veces, el primer tratamiento para la fibromialgia no es farmacológico, sino profundamente humano.
Diagnóstico y controversias
El diagnóstico de fibromialgia continúa siendo fundamentalmente clínico, guiado por los criterios del American College of Rheumatology, que incluyen la presencia de dolor generalizado durante al menos tres meses y la identificación de áreas específicas de sensibilidad. Aunque no existen marcadores biológicos definitivos, los avances en investigación han aportado evidencias objetivas de su base fisiológica. Estudios de neuroimagen funcional, como la resonancia magnética funcional (fMRI) y la tomografía por emisión de positrones (PET), han mostrado una hiperactivación de regiones cerebrales implicadas en la percepción y modulación del dolor, como la corteza somatosensorial, la ínsula y la corteza cingulada anterior. Estos hallazgos respaldan la hipótesis de la sensibilización central: un aumento anómalo en la respuesta del sistema nervioso central frente a estímulos nociceptivos y no nociceptivos (Clauw, 2014).
Asimismo, análisis de líquido cefalorraquídeo han detectado alteraciones neuroquímicas, como niveles elevados de sustancia P —un neuropéptido que amplifica la señal dolorosa— y reducciones en neurotransmisores moduladores como la serotonina y la noradrenalina. Estas evidencias desmontan la visión reduccionista que consideraba la fibromialgia como un trastorno puramente psicológico, y demuestran que tiene una base neurobiológica medible.
En los últimos años, se ha investigado también la asociación entre fibromialgia y experiencias adversas tempranas, como el abuso físico, sexual o emocional en la infancia. Estudios epidemiológicos han identificado una mayor prevalencia de fibromialgia en personas con antecedentes de trauma infantil. Las hipótesis explicativas incluyen la activación prolongada del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HPA), que podría alterar la regulación del dolor, así como cambios epigenéticos que afectan la expresión de genes relacionados con la inflamación y la percepción nociceptiva. Estos hallazgos no implican causalidad directa, pero sí sugieren que el trauma temprano puede aumentar la vulnerabilidad del sistema nervioso a desarrollar síndromes de dolor crónico en la vida adulta. Tras comprender mejor sus mecanismos y superar prejuicios, el siguiente paso inevitable es preguntarnos: ¿Cómo acompañar y tratar a quienes conviven con este dolor?
Referencias
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Daniel Ángel García, Ismael Martínez Nicolás, Pedro J. Saturno Hernández Instituto Nacional de Salud Pública de México, Cuernavaca, Morelos. 2016. Abordaje clínico de la fibromialgia: síntesis de recomendaciones basadas en la evidencia, una revisión sistemática






