En abril de 2023 publiqué un artículo sobre la importancia de nuestros isquiones. Esa primera reflexión permitió poner en valor un hueso que pocas veces recibe la atención que merece. Hoy quiero profundizar; explorar su anatomía, su función, su relación con la respiración y las cadenas musculares, y cómo sentarse sobre ellos transforma nuestra percepción del cuerpo y del sostén.
Y también quiero invitar a algo más íntimo: a tomar conciencia de ese diálogo silencioso entre huesos, músculos, respiración y gravedad. Porque la postura es un intercambio vivo. Sentarse sobre los isquiones nos permite entrar en ese diálogo con precisión; colapsar hacia delante, en la postura en C, interrumpe y desvía la energía del cuerpo de su centro natural.
“Estar en el cuerpo es estar en la vida.”
Thich Nhat Hanh.
Isquiones: la base de nuestro equilibrio
Los isquiones forman la base estructural de la pelvis. Su anatomía curvada en L no es casual; están diseñados para distribuir el peso del tronco hacia los muslos y, desde allí, hacia los pies, protegiendo la columna y los tejidos blandos circundantes. Son, literalmente, la raíz ósea de nuestro sostén en sedestación.
- Contacto óseo: al sentarnos correctamente, los isquiones actúan como puntos principales de apoyo, recibiendo gran parte del peso del tronco y facilitando una distribución estable y equilibrada del cuerpo.
- Activación muscular: glúteos, psoas, multífidos y transverso abdominal se coordinan en una sinergia de sostén que equilibra nuestra postura.
- Respiración: una pelvis estable permite que el diafragma se expanda con amplitud, liberando tensión lumbar y equilibrando la presión interna.
Sentir los isquiones es experimentar la organización interna del cuerpo: la musculatura afinada, la respiración abierta, el peso bien distribuido. Cada contacto consciente fortalece la presencia y nos reconecta con la base del cuerpo. Apoyar la pelvis sobre nuestras tuberosidades isquiáticas la estabiliza y mantiene la curvatura lumbar, permitiendo que el diafragma se desplace hacia abajo sin restricciones. Esto optimiza la expansión de las costillas, activa los intercostales y facilita una respiración profunda, mientras la columna y los tejidos circundantes permanecen libres de compresión.
Manual de supervivencia para anacardos
Al sentarnos encorvados, con la pelvis en retroversión y el tronco inclinado hacia delante —la postura en C— toda la pelvis colapsa hacia el sacro. Ese hueso triangular, rígido y silencioso, no está diseñado para soportar carga directa. Su rol es transmitir fuerzas entre columna y piernas, proteger la médula y distribuir el movimiento hacia pelvis y caderas.
El sacro recibe su nombre del latín os sacrum, literalmente “hueso sagrado”. Su sacralidad no responde a misticismo, sino al reconocimiento anatómico de su centralidad vital en el cuerpo. Culturas antiguas lo consideraban la base de la fuerza, la fertilidad y la transmisión de la vida. Incluso se decía que era el último hueso en desintegrarse tras la muerte. Me gusta pensar que hay algo de cierto en esa imagen que expresa que en ese triángulo profundo se guarda una memoria silenciosa sobre cómo nos sostenemos.
Y quizá por eso, cuando libero mi sacro -cuando dejo de aplastarlo y permito que vuelva a su orientación natural- algo más se libera conmigo. Cuando nos apoyamos en el sacro en lugar de en los isquiones, la columna se comprime, la cadena posterior se acorta y la respiración se vuelve superficial. Los isquiones, en cambio, permiten:
- Mantener la alineación fisiológica de la columna.
- Activar las cadenas musculares profundas de sostén.
- Expandir la respiración y mantener la energía equilibrada.
Respetar la función del sacro y apoyar el cuerpo sobre los isquiones es un acto de cuidado profundo, consciente y cotidiano hacia nuestro propio cuerpo.
Mini-ejercicios de presencia
- Encuentra el hueso: Siéntate y balancéate muy suavemente hacia delante y hacia atrás hasta notar dos puntos duros que emergen del asiento. Quédate ahí.
- Micro-presencia: Desde ese apoyo, respira tres veces con la intención de sentir el espacio entre sacro y abdomen.
- El gesto de volver: Cada vez que te sorprendas en la forma del anacardo, vuelve. No te corrijas: vuelve. Hay algo profundamente terapéutico en ese regreso.
Mini-ejercicios ampliados de conciencia
- Contacto consciente: siéntate despacio, localizando los isquiones. Siente cómo la pelvis se acomoda.
- Microbalanceos: alterna suavemente el peso entre uno y otro isquion, percibiendo la cadena posterior alargarse.
- Respiración profunda: Inhala llevando aire hacia pelvis e isquiones; exhala suavizando lumbares y hombros.
- Exploración de caderas: ajusta la distancia entre rodillas y pies, observando qué posición facilita un contacto firme.
- Presencia prolongada: mantén el contacto 1–2 minutos, registrando la diferencia entre apoyarte correctamente o colapsar hacia delante.
Estos microgestos entrenan percepción sensorial, musculatura profunda y organización postural. Son pequeñas prácticas que transforman el sostén desde dentro.
Evidencia científica sobre la importancia de sentarse bien
La postura y el apoyo correcto no son solo una cuestión de comodidad: influyen directamente en la salud.
- Un estudio con más de 44.900 trabajadores mostró mayor riesgo de dolor lumbar y cervical en quienes permanecen muchas horas sentados sin cambios posturales.
- Estudios radiográficos evidencian que las posturas sentadas inadecuadas reducen la curvatura lumbar natural y aumentan la carga sobre los discos (PubMed, 2015).
- Ensayos recientes muestran que mantener una postura ergonómica mejora la alineación vertebral y reduce tensión muscular (PubMed, 2023).
La ciencia confirma lo que el cuerpo sabe: sentarse sobre los isquiones es prevención, organización y salud.
Cada vez que siento mis isquiones…
Cada vez que siento mis isquiones, algo en mi mente hace silencio. Es como si el cuerpo me dijera: aquí.
Y entonces todo se ordena: la respiración baja, mi columna encuentra su eje, los pensamientos se distancian, el día deja de empujarme. Me pregunto a menudo cómo vive alguien que nunca siente sus isquiones, cómo se organiza su energía cuando el cuerpo no encuentra este punto de anclaje: ¿Dónde está su presente? ¿Dónde aterrizan sus emociones? ¿Desde dónde respira?
Me encanta pensar; mi cerebro disfruta divagando, imaginando… Es un barco a la deriva que, sin embargo, encuentra su presente cuando el cuerpo da un paso hacia delante.
Para mí, localizar los isquiones no es un ajuste postural, es un regreso: un acto de presencia. Ese instante es un retorno al yo, al presente, a la sensación de estar completa en mi cuerpo. Es un recordatorio de que el cuerpo tiene su propia forma de traerme al ahora.
“Si hay una llave que me devuelve a mí misma, de inmediato, sin esfuerzo, es la sensación de sostén en mi pelvis. Ese contacto claro y nítido con mis isquiones me coloca en mí.”
Asentar la base de la pelvis es un gesto que organiza el cuerpo desde dentro. Cuando ese apoyo aparece, no podemos olvidar que la respiración encuentra espacio, el sacro descansa y la mente deja de apremiar hacia adelante. Es una alineación humilde, casi discreta, pero con una capacidad inmensa para reordenar nuestra atención plena. Tal vez sentarse bien sea una de las formas más simples de autocuidado: un anclaje que pide sencillamente conciencia. Un lugar donde el cuerpo se reconoce, la mente se aquieta y la energía encuentra dirección. Un gesto cotidiano que, cuando se vuelve propio, nos devuelve algo tan valioso como la presencia.
“Lo más bello no está en la postura. Está en lo que despierta en nosotros cuando aparece.”






