Me sorprende, y a veces me descoloca, lo ambigua que puede ser la vida cuando se trata de vínculos. Esa mezcla que aparece entre el cariño y el cansancio, entre la lealtad y el silencio, entre querer ser honesta… y no saber cómo. O no atreverme del todo, porque cuando el afecto se divide, cualquier gesto parece inclinar la balanza.
Como fisioterapeuta, veo esa ambigüedad reflejada en el cuerpo de mis pacientes. El cuerpo habla cuando la palabra no alcanza o duele demasiado. Cuando no sabemos ser claros, pero el cuerpo no miente.
Me doy cuenta que no siempre somos tan sinceros como creemos. No por cobardía, quizá, tal vez por amor. Por temor a que, al señalar las grietas, se deshaga del todo. Porque hay heridas que solo siguen en pie mientras no se nombran. Porque la honestidad, esa bandera tan noble, puede doler como un bisturí si no se encuentra envuelta en ternura. Y ahí es donde se forma un nudo que no siempre está en la garganta, a veces aparece en el trapecio, o en el estómago, o en la forma en que respiro.
Hay situaciones donde querría ser más clara, más tajante.
Pero en realidad, habito los grises.
Y ahí es donde me duele y me reconozco:
porque no todo es justo o injusto,
no todo es blanco o negro.
A veces hay versiones distintas que conviven.
Y ninguna es mentira.
“Es en los grises donde vive la verdad. Porque los extremos solo sirven para simplificar lo que nos desborda.”
Joan Garriga
Y entonces una se mueve entre capas.
Entre gestos que no dicen todo, pero tampoco mienten.
Entre frases que buscan cuidar a todos y acaban desdibujándome a mí.
Entre ganas de arreglar el mundo y la certeza de que no puedo.
De que no me toca.
O no quiero que me toque.
Y, sin embargo, me duele.
Duele cuando dos personas que quiero no logran encontrarse.
Duele sentir que entendí a ambos y aun así no supe cómo sostener ese puente sin romperme yo.
Duele haber visto venir algunas cosas y no haberlas dicho con claridad.
Por respeto, por miedo o por puro deseo de que no fueran ciertas.
Me duele también no haber avisado antes, no haber sido más firme, no haber puesto palabras a lo que sentía.
Y en ese no decir, en esa prudencia, en ese intentar proteger sin romper, también me encontré atrapada.
Porque querer cuidar a todos a veces significa no cuidarme a mí.
A veces no se trata de elegir una postura,
sino de mantenerse cerca sin empujar.
A veces no es falta de coraje,
sino exceso de cuidado.
“Ser claro no siempre es ser cruel. Y ser cuidadoso no siempre es callar.”
Claudia Luna
Y aun así, me siento un poco responsable.
No por lo que ha pasado entre ellos, pero sí por no haberme escuchado más.
Por querer que todo se resolviera sin conflicto.
Por no darme el permiso de decir lo que veía, por miedo a romper lo que ya se estaba rompiendo solo.
Pero también me reconozco desde el otro lado, porque no estoy aquí para salvar a nadie, estoy aquí para acompañar. Como fisioterapeuta lo veo cada día… A veces alguien llega con un dolor de hombro y lo que hay detrás es un conflicto no dicho, a veces una espalda está tan contracturada que no cabe una emoción más, a veces el cuerpo habla lo que no podemos verbalizar.
“Donde no podemos amar, pasamos por alto. Y el cuerpo lo recuerda.”
Carl Jung
Esos grises también se sienten en los tejidos.
En los músculos que se tensan, en la respiración contenida, en la pelvis que no descansa.
Y no siempre tengo que saber qué pasó, pero sí puedo escuchar desde otro lugar.
Uno donde no hay culpables, sino vivencias.
Donde no hay que tomar partido, sino sostener presencia.
“Entre el blanco y el negro hay infinitas tonalidades. Ahí vive lo humano.”
María Zambrano
A veces lo más amoroso no es dar la razón,
sino crear un espacio donde el otro pueda respirar.
Donde no haya que justificarse.
Donde uno se sienta visto incluso cuando se equivoca.
Y me doy cuenta de que eso es lo que más quiero:
Que el cuerpo pueda descansar en medio del ruido.
Que haya lugares donde lo ambiguo tenga espacio.
Que podamos llorar sin tener que explicar,
y sanar sin tener que entenderlo todo.
No estoy hecha para las certezas absolutas.
Estoy hecha para los procesos que necesitan tiempo,
para las conversaciones que aún no se pueden tener,
y para los vínculos que, aunque dolidos, todavía importan.
Y si algo me salva —como mujer, como amiga, como terapeuta—
es saber que no tengo que resolverlo todo,
pero sí puedo acompañarlo con todo lo que soy.
“Porque no siempre hay respuestas, pero siempre hay espacio para estar. Y a veces, eso basta para empezar a sanar.”







4 comentarios. Dejar nuevo
Siempre eres luz y sabiduría, ternura y un oído abierto a todo y a todos.
siempre eres compañía y eso es un tesoro y los q te tratamos sabemos q estás ahi siempre, dándote. Pero cuidate tambien, reservate algo para protegerte, pq aunq lo hagas, siempre nos darás mucho. te quiero.
Gracias Silvana por toda una VERDADERA explicación que me has dado como paciente y que además TÚ, ya te adelantaste hace tiempo del por qué de mis dolencias han ido en aumento en estos dos últimos años . Además de una gran fisioterapeuta eres una GRAN AMIGA, que de manera discreta nos escuchas y nos ayudas a ir superando dificultades que aparecen en nuestro día a día y somatízamos en nuestro propio cuerpo.
Siempre estaré agradecida a “ esas manos milagrosas “ que vienen de un ángel como TÚ.
como siempre. muy acertado el artículo. Me veo reflejada en tus palabras y sé que el cuerpo no miente. Queremos escudarnos en palabras no dichas o en discursos mentales que sólo dan vueltas como en un tiovivo sin fin.
cada palo tiene que aguantar su vela, porque si no se rompe y llega un momento que, por falta de palos, las velas se caen y el barco va a la deriva.
muchas gracias por poner palabras a las emociones.
Gracias Silvana por dedicar tanto tiempo , esfuerzo y generosidad a que nos comprendamos mejor a nosotros mismos. Gracias por darnos herramientas para mejorar física y sicologicamente.
Como en cada uno de tus artículos, admiro tus conocimientos , tu capacidad de observación y tu sensibilidad.